
La furgoneta de los helados pasó a toda velocidad, como un coche de carreras, sin ni si quiera parar un minuto en la casa de los Savage. Era domingo, y Martin, el repartidor, me había dejado muy claro que los domingos no paraba en el jardín y que si quería un helado debía acercarme al barrio residencial como todos los chicos. Así, todos los domingos del año, yo, Colin Savage, me sentía decepcionado al ver pasar de largo la gran furgoneta roja y verde con dibujos deformes de Walt Disney que repartía helados amantecados con formas de caras de panda y otros animales. No había logrado convencer a mis padres para que me dejaran ir al barrio residencial con los demás chicos a por helados.
- Aquí puedes tener todos los helados que quieras. Sólo debes pedirlos a Matilde y ella te los traerá –me decía mamá.
Sin embargo, no era el hecho de no comer helado lo que me frustraba si no el hecho de no poder estar con los otros chavales, vivir esa tensión a la espera de la furgoneta o tumbarme en el césped y jugar al balón o charlar. Todo eso me lo estaba perdiendo.
Bien era cierto que cada vez que quería helado lo tenía, pero una vez lo tenía, lo único que hacía era sentarme solo y sumiso en el césped del jardín y observar con resignación como la furgoneta seguía su camino por la carretera.
El tipo que me traía los helados entre semana solía hacerme comentarios bruscos sobre el hecho que estuviera siempre solo y también hablaba de como le jodía tener que desviarse de su camino solo por mí. Yo y mi familia vivíamos en Kindville que estaba más o menos cerca New Hampshire des que yo nací. Mi familia era una leyenda en la zona, ya que mi abuelo era un hombre de bastante dinero. Kindville era un pueblo amable y acogedor, tanto como nuestra casa, que estaba algo aislada de las demás.No vivíamos en una urbanización ya que la gran cantidad de terreno que rodeaba la casa, y que nos pertenecía, no nos permitía tener a penas vecinos cerca.

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